«No hay nada que celebrar», así viven las familias de desaparecidos la Nochebuena.

La celebración de la Navidad en Culiacán presenta una realidad distinta para las familias que atraviesan la desaparición de uno de sus integrantes. Mientras la ciudad se sumerge en festejos, para estos hogares la fecha acentúa el vacío y transforma las tradiciones en un proceso de resistencia emocional. La incertidumbre sobre el paradero de sus seres queridos redefine el significado de la Nochebuena, convirtiéndola en un recordatorio de las ausencias que persisten.

Para las madres de David Antonio Ruela Pérez y José Isaías Ibarra Duarte, estudiantes de aviación desaparecidos el pasado 31 de marzo de 2025, este diciembre marca su primera festividad sin ellos. El impacto de la noticia y la falta de avances han condicionado el ánimo familiar en una fecha que habitualmente es de reunión. «Se supone que tendría que ser todo bien, maravilloso, como van a festejar todas las familiares, pero nosotros estamos muy mal; hasta ahorita no sabemos nada de nuestros hijos», manifestaron, señalando el fuerte contraste entre la expectativa social y su realidad actual.

En una situación similar se encuentra la familia de Luis Héctor Carreras Espinoza, quien este 26 de diciembre cumple 11 meses desaparecido. A pesar del desánimo, en este hogar los rituales navideños se mantienen mínimamente para proteger la estabilidad de los hijos pequeños de la víctima. Según relataron sus familiares, la motivación para realizar una cena o abrir regalos proviene exclusivamente de los menores: «Si no fuera por sus hijos, no hiciéramos nada, no dan los ánimos», explicaron, evidenciando cómo la desaparición altera el núcleo familiar y su capacidad de celebrar.

Por otro lado, el paso del tiempo no mitiga la profundidad del impacto, como ocurre en el caso de Sergio Javier Ojeda Quiñonez, desaparecido hace siete años. Su madre relata que, aunque la vida continúa con otros hijos y familiares, la ausencia de Sergio genera una herida que se reabre en cada festividad decembrina. Al respecto, compartió el sentimiento de pérdida que comparten miles de familias en la región: «Ese vacío que deja una persona desaparecida es muy profundo, muy grande», afirmó, destacando que el dolor de una madre se mantiene vigente a pesar de los años transcurridos.

De esta manera, la Navidad en estos hogares de Culiacán se vive en un estado de «pausa» o duelo suspendido. La prioridad para estas familias no reside en el festejo, sino en la preservación de la memoria y la exigencia de respuestas. La fecha sirve como un termómetro de la crisis social que generan las desapariciones, donde las sillas vacías en la mesa se convierten en el símbolo más elocuente de una búsqueda que no conoce de días feriados.