La inseguridad en Culiacán no solo se refleja en las calles, sino también en la vida cotidiana de sus habitantes, quienes han comenzado a enfrentar una ola creciente de extorsiones telefónicas y una profunda desconfianza social. La preocupación no se limita al miedo a salir de casa; ahora, incluso atender una llamada desconocida puede generar ansiedad entre familias completas.
Litzy Álvarez, trabajadora en un local de belleza, relató que en su hogar han recibido llamadas de extorsión en las que se simulan secuestros, situación que ha afectado particularmente a los adultos mayores, quienes muchas veces no saben cómo actuar ante amenazas telefónicas. Señaló que la respuesta más efectiva ha sido colgar inmediatamente y mantener la calma. Aun así, el impacto psicológico permanece. “Vivimos con el miedo de no poder ni contestar una llamada”, compartió.
Yareli Peñuelas, otra joven entrevistada, comentó que aunque no ha vivido extorsiones telefónicas, conoce múltiples casos de robos físicos, tanto en hogares como en la vía pública. Considera que ser precavido es importante, aunque admite que la raíz del problema va más allá de lo que los ciudadanos pueden controlar por sí mismos.
Ambas coinciden en que el flujo de personas en espacios comerciales ha disminuido drásticamente. Las plazas, como la Plaza de la Mujer, reflejan esta baja asistencia, lo que ha generado un efecto dominó en los negocios que dependen de un mínimo de clientela para sobrevivir. “Si antes había cinco citas al día, ahora hay tres, o incluso ninguna”, señaló Litzy, quien ha presenciado cómo el centro de la ciudad queda prácticamente vacío después de las cinco de la tarde.
Estos testimonios se suman a una problemática creciente donde la seguridad, la economía y la vida social están profundamente entrelazadas. Mientras los comercios resisten como pueden, la ciudadanía se adapta a una nueva realidad marcada por el resguardo temprano, la vigilancia extrema y la incertidumbre sobre lo que depara cada día.